Cuando Jaime Gil de Biedma escribió en sus Poemas póstumos
(1968), los titulados «Contra Jaime Gil de Biedma», pero
sobre todo
«Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma» y sus versos
decisivos «Yo me salvé escribiendo / después de la muerte de Jaime Gil de
Biedma» —todo lo cual, desde luego, no debería leerse como
una simple manifestación de ingenio, valor tan ajeno a su obra—, ponía al
descubierto para empezar una de sus aportaciones
fundamentales a la
poesía española del momento, como es la expresión de la
conciencia,
y la advertencia al lector por tanto, de que se trata
siempre de un fantasma, de la voz de un personaje imaginado quien habla en el
poema.
Con ello mostraba Gil de Biedma su sabiduría de poeta
moderno, aunque de todos modos no es poco curioso cómo el poeta explicaría su
descubrimiento, que habría sido puramente accidental,
digamos «personal», de semejante procedimiento de construcción:
al revisar al cabo de meses eso que luego fue «Idilio en el
café», ese
magma, me di cuenta de que había levemente apuntada una
situación,
unos personajes y una voz específica dentro de la situación;
entonces
lo escribí, es decir que el primer monólogo dramático lo
escribí sin
saber qué era (Gil de Biedma, 2002d: 235).
Descubrimiento que, sin dudar que lo fuera, resultó ser
redescubrimiento y que hay que fechar en 1956 o principios de 1957. Pero,
aparte de eso, es que además llevaba el monólogo dramático a
un
lugar singular y de difícil más allá, por lo que el
movimiento de separación implica de retorno, al dejar establecida la identidad
onomástica entre el personaje y el propio poeta. Y no era tampoco solo todo
eso, sino que además, dada la naturaleza final o, mejor
todavía, posterior al final, esos poemas póstumos se remitían al tiempo del
epitafio —con lo cual se diría que daba la razón a T. S. Eliot, quien había
sentenciado en Four Quartets que «Every poem an epitaph»—
(Eliot
1962: 144); es el caso, pues, que el título de aquel libro
—lo repito,
Poemas póstumos— anunciaba la clausura de su escritura
poética, de
manera que con tales títulos y versos quedaba trazada la
firma legible en esa prolongada firma —ilegible ahora— que es toda escritura,
es decir, en su obra poética —la firma que sucede,
superponiéndose,
al nombre propio, ya inscrito con anterioridad—; y no solo
eso, sino
que, al mismo tiempo, daba noticia —y de ahí el excelente
título de
aquel libro— de la muerte del poeta de tal nombre, una vez
descubierto el espejismo —espejismo, por supuesto, en la visión retrospectiva—
que le había impulsado a escribir poemas y que él mismo
explicaría años más tarde con esa frase, tan clara como
misteriosa, que
incluiría en esa pieza decisiva —y ahora sí póstuma de
verdad— que
es la contraportada de la edición de 1982 de Las personas
del verbo,
esa frase que dice «Yo creía que quería ser poeta, pero en
el fondo
quería ser poema» (Gil de Biedma, 1982)1
.
En consecuencia, si Jaime Gil de Biedma hacía ahí pública la
consumación de su obra poética, su actividad como poeta, su
ser poeta, la muerte de «Jaime Gil de Biedma», en coherencia con ello tras
Poemas póstumos no dio a conocer ya ningún otro libro, sino
que solo
ofrecería la recopilación en 1975 Las personas del verbo,
una vez
frustrada, esto es, reprimida, la difusión de Colección
particular en
1969. Sin embargo, todo esto resulta ser otro espejismo, un
trampantojo más de los que gustaban al poeta, ya que habrá que conceder que
Las personas del verbo es un nuevo libro, puesto que no se
trata de
una simple recopilación estrictamente hablando, sino de una
auténtica reelaboración de los materiales poéticos —los libros ande la
configuración de un libro que habrá de suceder a los anteriormente publicados,
al tiempo que se añadirá a ellos en un gesto múltiple, pues también los borra,
sin dejar por ello de nombrarlos, y aun los
supera; se trata, pues, de un libro que supone la
reordenación de un
corpus poético, la desmembración de los libros anteriores y
reorganización de sus poemas y además la eliminación de no pocos de sus textos.
Ahora sí que, dicho con alguna propiedad, parecía estar el lector
ante una obra de la que se podía afirmar que era en verdad
póstuma.
Pero tampoco es esto absolutamente cierto, tampoco ahora el
poeta había muerto definitivamente, sino que tan solo —diríamos— había
puesto una serie de límites a su trabajo, como lo prueba la
publicación de la segunda edición, en 1982, de Las personas del verbo, donde
una vez más se lleva a cabo la reordenación de la colección, alterando la
organización anterior y se trata ahora también de un nuevo
libro, sobre todo, por incluir unos pocos textos más, nuevos
unos,
recuperados de entre los antiguos otros. Entre estos
últimos, me llama poderosamente la atención el rescate de «Canción final» y muy
en particular por el lugar privilegiado que el poeta le
concedió en el,
ahora sí, definitivo libro. A todo este trabajo de hacer,
deshacer y
rehacer sería aplicable lo escrito por T. S. Eliot y hecho
suyo por su
traductor Jaime Gil de Biedma, según lo cual:
De tiempo en tiempo, cada cien años aproximadamente, es
deseable la
aparición de un crítico que emprenda una revisión de la
literatura del
pasado y establezca un nuevo orden de poetas y poemas. No se
trata de
una empresa revolucionaria, sino de un reajuste (Eliot,
1968: 120).
Hecho suyo, acabo de escribir: el hecho es que al traductor
y prologuista no le había pasado inadvertida la frase eliotiana y de hecho
la recoge en sus páginas preliminares a Función de la poesía
y función de la crítica, a lo que añade algunos comentarios como que «Eliot
ha cumplido con ese deber de modo casi impecable» y también
que
dicho poeta y crítico «nos ha mostrado además cuán
profundamente
el pasado nos configura y, a la vez, es configurado por
nosotros» y
que «El pasado no es un perdido paraíso al cual, sin
excesiva convicción, se sueña con volver: nos interesa porque es presente» (Gil
de Biedma, 1968: 6). Además, ya sin referencia a Eliot, sino
como juicio dependiente de la propuesta de este, escribe: «Acaso la misión
más urgente de la crítica literaria sea el rescate continuo,
generación
tras generación, de lo que por estar ya hecho amenaza
perderse o, por
lo menos, depreciarse» (Gil de Biedma, 1968: 6), esto es,
hacía suya
la propuesta de Eliot.
Algo o mucho de todo ello —si bien con algunas matizaciones,
pues el lapso de tiempo es mucho menor, unos pocos años en
lugar
de un siglo, y la literatura del pasado es en este caso tan
solo la propia obra poética— hay en esa sucesión de trabajos titulados Las
personas del verbo, donde vienen a superponerse las figuras del crítico
y el poeta en una misma persona y el crítico trabaja dentro
de la escritura poética propia. El crítico, por su parte, se reservaba todavía
la
redacción de la contraportada.
Conviene recordar que el breve poema «Canción final» había
sido
publicado en 1967 junto a una serie de grabados de Xavier
Corberó,
según hacía saber el propio poeta (Gil de Biedma, 1982: 179)
y ahora, en la segunda edición de Las personas del verbo, se desgaja de
aquel conjunto textual, pero no claro para independizarse,
sino para
entrar a formar parte de una totalidad diferente, el segundo
Las personas del verbo —y no en el anterior, momento sobre el que explica
Gil de Biedma en la nota a la edición definitiva «no sé muy
bien por
qué no lo tuve presente en 1975, cuando por primera vez
reuní mis
poesías completas» (Gil de Biedma, 1982: 179)—2
. Por tanto, «poesías completas», las de 1975, de las que
más tarde, en 1982, supimos
los lectores que habían sido más bien incompletas y no solo
por la adición del mencionado poema.
Entrvista a Jaime Gil de Biedma
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- Usted
desciende de notables familias catalanas y castellanas…
- Bueno, me
parece un poco aburrido hablar de eso. Pero si a los colombianos interesara,
diré que si, que desciendo de una familia de esas llamadas de toda la vida,
gente decente, donde vivir y hablar era parte de una trama para hacer de
ambas una expresión de la cultura. Yo tengo un bisabuelo, que como muchos de
sus paisanos franceses que iban a otras partes y no sabían hacer nada, hacía
trenes; tengo un bisabuelo andaluz, pero nací en Barcelona. Lo cierto es que
más que a mis padres, los recuerdos de mi niñez se remontan a mi nana, que se
llamaba Modesta Madridano. A nosotros nos criaron las domésticas, que llaman
ustedes en América. Mi padre Luís Gil de Biedma y Becerril era un empresario
que trabajaba con grandes consorcios de la época. Le gustaba la equitación,
la velocidad, tenía motos y fabulosos automóviles de moda. Se había recibido
de abogado en Madrid, tocaba al piano y cantaba piezas de jazz. Estuvo un
tiempo durante la guerra colonial en Marruecos pero luego regresó a Madrid y
abrió una casa en Segovia, en La Nava de la Asunción, donde yo pasé unos años
durante la guerra civil…
- Y su
madre….
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- Mi madre
era de Valladolid, y estudió en Inglaterra. María Luisa Alba volvió a España
tras el fin de la guerra del catorce, era una mujer progresista, y mas que
española era inglesa. No creo que eso tenga mucho interés a la hora de hablar
de literatura… Pero quizás le guste enterarse que mi abuelo Santiago Alba y
Bonifaz fue periodista, diputado en Cortes y gobernador de Madrid, además de
ministro de Marina, de Hacienda, Gobernación, etc. Primo de Rivera lo obligó
al exilio, luego regresó cuando la república y Niceto Alcalá Zamora le confió
la formación de un nuevo gobierno, con el asesinato de Calvo Sotelo abandonó
otra vez el país…
- Me dice que
la guerra civil la pasó en un pueblo cerca de Segovia…
- Si, La Nava
de la Asunción, un pueblo que remonta su historia al segundo milenio antes de
Cristo, un pueblo de castellanos, creado por Carlos III en honor de la
virgen, donde todavía hay una línea de ferrocarril que regalaron
prácticamente los vecinos, tanto el terreno, como las traviesas para los
puentes, los postes del telégrafo, los pasos a nivel…Allí supimos del inicio
de la guerra, en Alto de los Leones, donde se dieron las primeras batallas
del centro de España. Durante días la gente mayor escuchaba la radio,
esperando las peores noticias, o quizás las mejores, y a los chicos nos
hacían ir a otros lugares, como los parques o las plazas. Fue una época
relativamente feliz, a los niños no parece importarles las guerras, o hacen
de la guerra un divertimiento, un juego que los mayores no entienden en medio
del terror de la vida diaria. Mi hermana, por ejemplo, jugaba al hospital de
los heridos con nuestra prima y mi hermano Luís. En cambio nuestros padres y
parientes, éramos siete los hijos, cinco los primos, las institutrices, tía
Isabel y las criadas, oraban el rosario o entonaban una salmodia de
ruegos al Sagrado Corazón o a la Virgen María para salvar a España.
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Durante la
guerra no hice otra cosa que leer y disfrutar de los paisajes. La guerra me
permitió aprender a leer, aprender a releer, a pensar sobre lo leído y a
recitar de memoria largos poemas, como ya casi no hacían muchos de los
intelectuales de ese tiempo. Lasmisses que nos educaban nos llevaban de continuos paseos, así aprendí a amar la
naturaleza, a saber de la belleza de los árboles y las aves. Pero también
recuerdo los cientos de balas que recogíamos en los caminos o los cadáveres
de los muertos en los combates o en los cementerios.
- Sin
embargo, a la hora de estudiar, hizo derecho…
- Si, los
hijos de la clase vencedora hacían derecho; filología y filosofía eran asunto
de señoras o de monjas, derecho permitía saber de unas cosas como de otras, o
ir de unas a otras de manera cómoda. Además las gentes de mi clase estudiaban
derecho, en mi familia hubo siempre una tradición de abogados, de políticos,
de empresarios. No creo que mi padre hubiese visto con buenos ojos el que yo
estudiase Filosofía y Letras, pero aquello también fue un fracaso. Yo venía
de un colegio afrancesado, libertario por decir lo menos, y me encontré con
una universidad confesional, de meros trámites para titulares, controlada por
fascistas. De no haber hecho amistad con Alberto Oliart o Carlos Barral o
José Agustín Goytisolo quizás otra habría sido mi historia en esa
universidad…
- Fue
entonces, en esos años, cuando se hizo poeta…
- Yo decidí
hacerme poeta desde muy joven, cuando tenía diecinueve años, pero mis poemas
se publicaron diez años después; no se por qué, pero esa fue mi decisión y un
día de esos, luego de haber leído y bebido toda la poesía del mundo, escribí
mi primer poema. Primero me eduqué en la poesía del Siglo de Oro, en el
simbolismo francés, me leí todo Baudelaire y toda la poesía española del 27.
Hacer poesía fue para mí una manera de construirme un muro contra el mundo
exterior, una suerte de andamio contra mis propias debilidades
interiores. Luego, cuando a partir de los años cincuenta me interesé por la
poesía social, fundé mi propia voz, una voz que luego no he querido
dilapidar, repitiéndome. Usted sabe que yo he escrito poco, pero lo cierto es
que en algún momento, tras prolongadas imitaciones de voces y formas, alcancé
no el poema sino la poesía, una voz, un tono que me hacía idéntico a la
imagen que había querido crear de mí ante los otros. Pude saber cuáles eran
mis sentimientos, y que deseaba hacer en mi vida. Eso sucedió cuando viví mis
primeros treinta años, cuando escribí Moralidades. En esos años yo guardaba como un
secreto, en mi cuerpo, esos poemas, y me negaba a ponerlos por escrito, iba
con ellos como un tesoro oculto de un pirata, como unas joyas que nunca iría
a mostrar a otros, como aquel vendedor de orfebrerías que hay en un poema de
Kavafis, que mira cada tarde antes de cerrar la tienda y no muestra a sus
clientes, algo así como cuando se hace el amor y se retarda el orgasmo…
- ¿Por qué
esos poemas llevan ese título de Moralidades, no es una contradicción con su
tiempo y su manera de ser y pensar?
- Las
moralidades, que gozaron de gran popularidad en la edad media, son dramas que
se representaban en los atrios de las iglesias y catedrales y respondían al
propósito de la Iglesia de ilustrar la actitud cristiana ante la muerte. El
motivo central era la confrontación entre el Bien y el Mal en el alma de los
hombres, aunque la obra siempre concluye con la redención de sus
protagonistas. Los personajes de las moralidades no son santos o personajes bíblicos,
sino alegorías. Mis poemas de ese libro continúan en la tónica de Compañeros de viaje, son moralejas sobre la hipocresía y la opresión, la amistad y las
conversaciones de esos años de torvo franquismo…
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- Hay quienes
dicen que siendo usted catalán su patria es el español y su alma es inglesa,
aparte de tenerlo como un aristócrata de izquierdas…
- Esas deben
ser deducciones suyas propias Alvarado. No he oído que nadie en España
diga algo así.
Para fomentar sus impertinencias voy a decirle que los Gil descienden de Alonso Gil, un caballero del rey Ramiro del reino de León. Gil quiere decir El Elegido o El Defendido, pero también hubo Gil en los reinos de Valencia, o en Andalucía. Mi abuelo Gil y Becerril casó con una Biedma y Oñate y a él se le ocurrió solicitar licencia para que sus vástagos usaran los dos apellidos fungidos en uno y desde entonces nos llamamos Gil de Biedma. Mi lengua materna es el castellano, y en él he escrito todo. Pero mis apellidos tampoco son catalanes, en mi familia no se hablaba catalán y como le he dicho la guerra la pasé en Castilla y luego de la guerra, al volver a Cataluña, el catalán estuvo prohibido por años. Cuando hablo el poco catalán que conozco me avergüenzo de mi acento. Además yo aprendí inglés y francés antes de hablar catalán. En Inglaterra viví algunos meses durante los primeros años cincuentas, en una vieja casona de Eaton Place y como bien puede darse cuenta en su ignorancia yo visto y bebo como un inglés. Estuve en Oxford haciendo unos cursos de económicas, pero en verdad lo que descubrí en Inglaterra fue a Auden primero y luego a Eliot y a William Epson y Mathiew Arnold. Cuando fui a Inglaterra yo estaba intoxicado por la poesía de Aleixandre y la de Guillén. En inglés leí entonces a Spender y aun cuando había leído ya a Eliot en las versiones de Gaos, fue en Londres cuando pude darme cuenta de la magnitud de su obra, de la grandeza de su musicalidad, de su prosodia.
- Ángel
González me dijo que usted era de izquierdas pero ya no ejercía…
- ¿Cómo?
Usted cree que con esta cabeza de romano, calvo, y con estos ojos azules, soy
una suerte de terrorista oculto, o ¿qué? Pero si habré sido, digamos,
marxista. De militancia nada, nunca he militado con nada ni con nadie. Yo no
creo en esa tesis de que los intelectuales deben meterse a políticos, una
cosa son los políticos y otra los intelectuales. Por eso un intelectual
trajeado de político es un elemento peligroso, casi siempre terminan siendo
tiránicos, sectarios, fanáticos del centralismo democrático y la tesis del
partido único. Yo habré sido en cierto momento marxista, me atraía mucho el
análisis marxista de la historia, ese arte de anunciar el pasado que decía
Valera a partir de la consideración de Marx sobre aquello de que la anatomía
del mono solo era compresible a través de la anatomía del hombre. Pero el
marxismo es una doctrina difunta, como la novela, un asunto del ayer, de
nuestro ayer. Queda sin embargo la ideología, las ideas que gestó, esa manera
de sustentar la rebeldía del hombre contra los opresores, eso que uno
entiende bien en países como el suyo, del Tercer Mundo, como Filipinas o
Cuba. Incluso creo que mis lecturas y aficiones marxistas han quedado en
algunos de mis poemas de esos años, pero si, creo que sigo siendo de
izquierdas, y a veces, incluso en las noches, ejerzo, ejerzo…
- Ese poema
El arquitrabe….
- Ese poema
lo hice para divertirme, para burlarme digamos de Franco, nada mas hay allí,
y lo entendieron muy pocos, o nadie…Además el paso del tiempo lo ha ido
desdibujando, ahora no debe entenderlo nadie, en aquellos años, era divertido
recordarle…
- Pasemos
entonces a un tema que le seduce: la poesía…
- No creo que
podamos definir la poesía, diría mejor que poesía es esa sensación de
bienestar, de placer, de gozo que siente alguien cuando se lee, en voz alta,
un poema. La poesía no es precisamente lo que sucede cuando se escribe el
poema, poesía es el acto de ejecutar el poema. Un poema se hace para ser
leído. El poema es poema mientras se lee porque es tiempo y tempo…
- Y ese hecho
indefinible, ¿qué produce en el ejecutante y en el oyente, acaso el mismo
efecto de la música, de la melodía?
- Pareciera
que a partir del siglo XVII, la rotura de lo meramente narrativo que imperaba
en el poema épico o el teatral, hubiese creado una separación entre el signo
y sus valores, afectando nuestras sensibilidades de manera tal que ahora el
poema nos conduce a una certeza de la fragilidad existente en la propuesta de
realidad que hace el comercio y las ideologías. La poesía, el acto de
ejecutar el poema, quiebra la verdad de las asociaciones que nos vende el
mundo contemporáneo. La poesía ofrece imágenes del mundo, ni contradictorias
ni univocas, que son la otra realidad, ni verdadera ni falsa, pero otras
realidades. Unos saberes y conciencias de que la llamada realidad es apenas
una creación del sujeto, de nosotros que deseamos el mundo…La poesía entonces
es uno de los instrumentos mas eficientes para abolir aduanas, para derruir
lugares de observación y vigilancia, para derribar las costumbres y las modas
y nos hace entrar en una verdadera comunión entre las palabras y los hechos,
las palabras y lo que ellas nombran…
- Pero si la
realidad es una falacia cómo es que usted es un poeta de la experiencia, de
la memoria de una realidad no conocida, ficticia...
- Tampoco
debe olvidar que nada hay más artificial que la escritura. Escribimos porque
somos entrenados en ese artilugio que pretende asir la realidad, como
recuerdos o como actos del presente. Pero para poder transmitirlos y hacerlos
poesía hay que crearlos, extraerlos de la manga del mago, del demiurgo, del
poeta. Cuando hablamos de poesía de la experiencia no hablamos de contar lo
que le ha pasado a uno, de una suerte de cotilleo de la vida nocturna de
ayer, de las posturas amorosas del año pasado, poesía de la experiencia es
escribir un poema donde la voz que se escucha cuando se ejecuta el poema
sufre la vida, padece la existencia, hace sentir el recuerdo del placer o el
dolor de las separaciones… Algo así como decía ese poeta inferior llamado
Auden, la poesía de la experiencia es un anteproyecto verbal de la vida
pasada o por vivir…
- Ahora hay
en España muchos jóvenes poetas que le admiran, pero hay muchos más que le
imitan…
- Es
lamentable, eso no existía en mi juventud. Nosotros no aspirábamos al éxito
social con la poesía, era otra cosa. El mundo editorial ha cambiado la
condición de los poetas, hoy es posible ganar fama y fortuna y seguir siendo
muy mal poeta, hay cientos de premios, de concursos, de verdaderas canonjías,
que terminan por fomentar gildas poéticas, camarillas mafiosas…Y ciertamente
es una vergüenza que haya tanto admirador suelto por allí. Al principio me
halagaba oír que me citaban por la radio o alguien se acordaba de un poema o
una línea mía, pero una cosa es la gente o el lector común y otra el gremio
de los poetas y los escritores profesionales, aduladores de oficio…
- Mil
gracias, querido y admirado poeta…
- De nada don
Haroldo, de nada…
®Harold Alvarado Tenorio
Jaime Gil de Biedma nació
en Barcelona en 1929 en el seno de una familia de la alta burguesía. Estudió
Derecho en Barcelona y Salamanca, por cuya universidad se licenció. Su
estancia en Oxford, en 1953, le puso en contacto con la poesía anglosajona
del momento que influiría en su obra, aunque también es deudor de Luís
Cernuda o César Vallejo. Desde 1955 trabajó en una empresa ligada a su
familia. Su obra poética no es muy extensa pero ha sido considerada como una
de las más interesantes de su generación, la de los poetas sociales de los
años cincuenta. No se limitó a utilizar la poesía para expresar una rebeldía
política sino que profundizó en el uso de la palabra como material estético y
en la consideración del poema como experiencia. Su primer libro, Según sentencia del tiempo, apareció en 1953; después publicó, entre otros, Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) yPoemas póstumos (1968).
Escribió agudos ensayos literarios y, después de su muerte, se editó un
diario suyo, Retrato
del artista en 1956 (1991). Murió en 1990
en su Barcelona natal.
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